Perderse y encontrarse. Sobre "Un café lejos de aquí", de ZZ Packer. Literatura norteamericana contemporánea.
- Alex Mauricio C. L.

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¿Y yo qué hago aquí? Esa pregunta se puede leer de dos formas posibles, la primera es en la fórmula de una duda retórica que me expreso a mí mismo cuando, por ejemplo, termino participando por error en una conferencia denominada «La aromaterapia, los ángeles ancestrales y los puntos cuánticos del cuerpo» o en otra denominada «Avances y desarrollos en la lógica difusa», desconozco si existen o han existido alguna vez este tipo de conferencias, pero lo que sí es seguro, es que de asistir a ellas estaría totalmente perdido, al igual que si alguna vez caigo por accidente a un congreso de vendedores de Herbalife, no tengo nada en contra de Herbalife, todo es con propósitos ilustrativos. ¿Y qué hago yo aquí? La segunda opción de lectura de esta pregunta sería la más concreta, lejos de la retórica. Esta surgiría cuando me encuentro en una aprieto, en una dificultad de cualquier índole y surge como forma auténtica para buscar una alternativa de solución a ese problema en específico. Por ejemplo, descubrí un registro contable mal contabilizado y ello podría acarrear una sanción tributaria ¿Y qué hago yo aquí?
En primer lugar, centrémonos en la formulación de la pregunta retórica; en ella hay un entendido implícito de no pertenecer, en colombiano diríamos estar desubicado, sentirse perdido o extraviado, tal y como le sucede a Óscar, el personaje desmañado del largometraje Un poeta(2025), de Simón Mesa Soto. Cuando andamos extraviados por la vida puede ser que la pregunta nunca se formule, pero está implícita en la actitud y las emociones frente a la realidad, creería que ese es uno de los sentimientos más recurrentes de la adolescencia, es que no ser niño y a la vez tampoco adulto, es algo difícil de gestionar y nadie nos prepara para ello.
Si tenemos la fortuna de identificar que no cabemos o no encajamos en donde supuestamente deberíamos, aparece la otra pregunta, la concreta, la que invita a la solución, ¿qué puedo hacer para acoplarme? ¿Busco otro lugar en que pueda entrar? O, por el contrario, ¿debo hacerme más pequeño o más grande para que ese espacio sea el que en definitiva pueda habitar? O ¿debo forzar los espacios para que sean ellos los que se adapten a mi volumen?
No van a encontrar las respuestas a esas preguntas en este escrito. Pero vamos a hablar de un libro de cuentos en el que la mayoría de sus historias tienen personajes que indudablemente se mueven a tientas por un mundo al que no se sienten pertenecer y al que varios de ellos quieren aferrarse.
Un café lejos de aquí(2006)Tropismos. (Drinking coffee Elsewhere)(2003), es una colección de cuentos de la escritora afroamericana (Zuwena) ZZ Packer (Chicago, 1973). En su momento el libro tuvo gran suceso y digamos que, sin pretender ser peyorativo, la autora todavía vive del cuento, cuando hablamos especialmente de este libro, pues no ha publicado nada más hasta la fecha en algún volumen encuadernado. Es docente y asidua escritura de columnas de diversos contenidos de ficción y no ficción en The New York Times Magazine desde el 2000, además de The Washington Post Magazine, The American Prospect, The Oxford American, BBC World News, entre otros. Los cuentos del libro aparecieron antes en diversas publicaciones literarias individualmente, sobre todo en The New Yorker.
¿De qué va el libro?
Esta colección de ocho cuentos es un recorrido por la clase media afroamericana y sus dramas que, salvo los que tienen explícitamente un contexto racial, son los mismos que puede sufrir otro grupo humano perteneciente a esta clase social. Sin embargo, es evidente que lo racial como hecho social flota en todos ellos, aunque no necesariamente como evento central.
La mayoría de sus historias se mueven mayormente bajo la perspectiva de lo femenino, salvo uno de ellos, «Un insecto minúsculo», que es contado en primera persona desde el punto de vista de un adolescente afroamericano que va por su padre, Ray Bivens Jr. —ex miembro lejano de las Panteras Negras—, que recién acaba de salir de la cárcel y no es capaz de alejarse de las pendencias. En medio de todo ese recorrido de destrucción y reconstrucción de las relaciones padre-hijo, llegan a la marcha del millón en Washington, en octubre 16 de 1995.
Los demás cuentos son narrados desde el punto de vista femenino y en el rango de edad que va desde las preadolescentes de «Chocolate» y hasta la adulta de «Toda lengua confesará».

Los textos que abren y cierran el libro, «Chocolate» y «La llegada de Doris» en ese orden, son los que abordan el tema racial de forma más explicita. El primero con la patrulla de niñas negras que se autodenominan Chocolate, asisten un campamento de verano y están a planeando un ataque a un grupo de niñas blancas, es una manera de ver cómo fácilmente puedes pasar de ser víctima a victimario. Una de las chicas que hace parte de la patrulla es la narradora, quien realmente no está de acuerdo con los métodos de sus compañeras, no obstante, no hace mucho por apartarse de ellas. El otro cuento, con el que se termina el libro, es narrado en tercera persona desde el punto de vista de la adolescente Doris, con una distancia de quizás cerca de cuarenta años del primer texto, está ubicado temporalmente en 1961, en pleno apogeo por la lucha por los derechos de los negros norteamericanos. Aquí se cuenta la historia de cómo la joven Doris despierta a la consciencia de su raza, más allá de que la comunidad que la rodea se deja llevar por el letargo del discurso racista. A pesar de lo que se menciona de la «cuestión racial», ambos cuentos están alejados de lo contestatario o, si se quiere, del radicalismo explícito, sus conflictos están dotados de una sutileza que los hace más poderosos que el simple panfleto.
El otro gran tema que cruza transversalmente el libro, es el que tiene que ver con lo religioso desde la práctica de las iglesias cristianas protestantes, teniendo más peso en «Toda lengua confesará», con la extasiada enfermera Clareese, cuya fe es puesta a prueba por uno de sus pacientes, Cleophus Sanders. En menor medida es visible también en «Las lenguas de Dios», con la protagonista, Tía, quien huye hacia Atlanta con un hatillo y una flauta como esmirriado equipaje en busca de su madre, a quien no conoce. Allí es ayudada por un hombre, del que luego descubrirá que tiene dobles intenciones. La religión, como lo señala ZZ Packer en su libro, es algo muy importante e influyente en la vida cotidiana.
¿Cómo está escrito?
Esta colección de historias están narradas principalmente con el recurso de la voz en tercera cosida al destino de los personajes principales; cinco de los ocho cuentos son contados por esta voz. Los demás lo hacen en primera.
La autora hace una muy buena aplicación de la tipología de los diálogos: cortos, precisos, verosímiles. También describe acciones, espacios y personajes, de manera ajustada y sin excesos.
El señor Toomey lanzó un gruñido. Era un hombre grandón, con el pelo cano, y a la hermana Clareese le recordaba a una morsa: tenía todo el cuerpo, se diría, mustio, los ojos fruncidos, la nariz marchita, y también la boca, aunque costaba distinguirla a través del frondoso bigote blanco.
En este fragmento también se puede observar el tono de escritura, en el que además del manejo del indirecto libre, también hay algo de ese humor que impregna la mayoría de las historias. En el humor hay mucho de eso de reírse de sí misma, de su cultura, la manera de ver la vida. Como el momento en el que Tía —la chica que quiere huir hacia Atlanta en busca de su madre— y su amiga Marcelle, conversan cerca del autobús que la primera tomará para llegar a su destino y en medio de la prevención de que el conductor—blanco— las identifique cuando comience a aparecer la foto de ella en los carteles de «Se Busca», Marcelle la tranquiliza diciendo que no debería preocuparse por eso, pues para los blancos todos los negros eran iguales.
¿Y yo qué hago aquí?
Avances y desarrollos en la lógica difusa. Lo primero es que no sé si hay avances y desarrollos en la lógica difusa desde 1965, cuando el profesor Lotfi A. Zadeh apareció con el asunto. No soy experto en el tema, ni siquiera soy mínimamente enterado o interesado en el asunto. Siento que si me trasplantaran a un lugar como un congreso de lógica difusa tendría que huir con todas mis fuerzas del lugar. Si lo mío no es la lógica clásica, mucho menos lo va a ser la lógica difusa.

Efectivamente en Un café lejos de aquí, —representante más que digna de la literatura norteamericana contemporánea—, la mayoría de sus personajes se ven inmensos en unas realidades que no solo los confrontan, sino que les hace moverse con la sensación de extravío, de encontrarse en unos laberintos del tamaño de sus vidas. Si bien manifiestan explícitamente la desorientación, cierto es que así mismo buscan a tientas la salida, como es el caso de Laurel, la narradora de «Chocolate», o de Dina, en el cuento que le da el título del libro «Un café lejos de aquí», en el que al llegar a la universidad de Yale, y desde el momento de la presentación, por dárselas de irreverente se ve inmersa en una terapia psiquiátrica. O Lynnea de «Nuestra Señora de la Paz», que debuta como profesora de secundaria en un colegio de Baltimore en el que no tiene ninguna autoridad frente a los estudiantes. Unas veces logran salir; en otras el asunto tomará mucho tiempo, como le sucede a la misma Dina en «Las Ocas» —y ya en Japón—, en compañía de otros personajes de diferentes culturas y nacionalidades, malviven en otro país en el que el contraste cultural puede ser condena y salvación al mismo tiempo. Así es, Dina tiene maestría en estar perdida por la vida. «Las Ocas» es el cuento más excéntrico de todos, por la diversidad de personajes y el lugar de los sucesos.
Perderse y encontrarse, perderse para encontrarse. La realidad, el teatro del destino, si es que algo así existe, todo eso es la vida, hace parte de ella, pero también de la literatura, de su devenir argumental. Personajes conflictuados a los que se les encuentra una solución, no siempre satisfactoria. Así como en la existencia, no siempre satisfactoria. A veces no hay solución sin dolor, a veces no hay alternativa, que en sí misma también es una respuesta. En este punto no sé si ando hablando de la literatura, la ficción o la vida. Al fin y al cabo, la una imita a la otra, no voy a decir cuál a quien.
De eso se trata vivir, buscar salidas, perderse y encontrarse. ZZ Packer lo sabe y por eso nos dejó este libro, el único que ha publicado hasta la fecha, porque lleva amenazando por varios años con una novela histórica en la que está trabajando y de la que todavía no se tienen noticias. Para que sepamos, no todos tienen la fertilidad literaria de Georges Simenon, el escritor belga conocido más por sus novelas policiacas sobre el inspector Maigret, que superó los 150 títulos o el mismo César Aira, el escritor argentino con sus novelas cortas y ensayos de más de 100 títulos. Cantidad no es necesariamente calidad, aunque aquí no ande juzgando la calidad literaria de estos dos autores, porque estamos escribiendo sobre ZZ Packer y su libro que, a propósito, me costó varios años conseguirlo en su edición en castellano y lo hice a través de la biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá. Las ventajas de vivir en la capital.
Es una obra que recomiendo leer, porque sé que en esa mezcla de ironía, humor y drama se encontrará un enfoque fresco e inteligente sobre una cultura que quizás conozcamos más a través de la pantalla, pero que en la literatura se podrá hacer con una lectura más sosegada, lejos de los estereotipos y que cuando acude a ellos lo hace a través del humor y el ingenio.
Leer este libro nos permitirá estar en el lugar correcto, en un café lejos de aquí.
(2026)





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