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Colonización ydolor. "Autobiografía de mi madre", de Jamaica Kincaid. Literatura caribeña contemporánea.

Libro abierto rodeado de hojas de otoño en una superficie de tonos cálidos. Las hojas en naranja, amarillo y marrón crean un ambiente acogedor y estacional.

Quizás ahora no importe ni lo recordemos, pero en este lado del mundo, en las Américas, de norte a sur y de este hasta oeste, hablamos y escribimos con la lengua del colonizador, sea español, inglés, francés o neerlandés. Salvo los pueblos originarios que aún conservan su lengua, a pesar de que muchos de ellos se hayan visto forzados a asumir también la del invasor. Podría alguien decir, con una relativa justa causa, que eso ya no importa, pues se encuentra enterrado bajo toneladas de años y de mediocres clases de historia de la escuela primaria y la secundaria, sin importar que este fenómeno colonizador, como cualquiera otro, haya estado tapizado con gruesas capas de violencia, terror y sangre.


Como colombiano libre de la influencia política y económica de la antigua corona española, no tendría por qué estar pensando en la colonización padecida por los pueblos autóctonos cuando, por ejemplo, voy como pasajero en un bus de Transmilenio de mi estimada Bogotá, sobre todo si en la disputa por mi atención compiten mis propios ruidos mentales contra el concierto de autobús de alguna cantante que se dedica al rebusque de la «economía popular», como ahora pomposamente se le llama a la supervivencia económica. No, a quién se le va a ocurrir eso cuando la Corona fue expulsada hace más de doscientos años.


No obstante, a diferencia nuestra, las islas del Caribe, sobre todo las derivadas de la neo colonización inglesa tiene en muchos de sus habitantes el recuerdo latente del antes y después del colonizador. Dentro de estos territorios insulares uno de los últimos en conseguir su «independencia» de Reino Unido fue Antigua y Barbuda, la tierra madre de la escritora de la que vamos a hablar, Elaine Cynthia Potter Richardson, a la que nos referiremos a partir de este momento con su nombre adoptado — que va más allá de un asunto comercial— desde que se dedicó a la escritura, Jamaica Kincaid (Saint John, 1949). Nos adentraremos en la literatura de esta autora a través de su novela «Autobiografía de mi madre«(1996).

Mujer afro-caribeña con un sombrero y collares, con su mano izquierda descansando en su cadera, aparece en la portada del libro de Jamaica Kincaid "Autobiografía de mi madre".
Portada de la edición de Penguin Random House

¿De qué va esta novela?


Mi madre murió en el momento en que yo nací, y así, durante toda mi vida, no hubo nunca nada entre yo y la eternidad; a mi espalda soplaba siempre un viento negro y desolado. Al principio de mi existencia, yo no podía saber que iba a ser así; no lo supe hasta llegar a la mitad de mi vida, justo en aquel tiempo en que había dejado de ser joven y descubrí que algunas de las cosas que siempre había tenido de sobra ahora eran menos abundantes, y que poseía más de algunas otras de las que apenas había disfrutado en absoluto. Y ese descubrimiento de pérdida y de recompensa me hizo reflexionar acerca del pasado y del futuro: en mi origen estaba esa mujer cuyo rostro yo nunca había visto, pero al final no había nada, nadie entre mi persona y ese negro espacio que es el mundo.

Así comienza esta novela en la que Xuela Claudette Richardson narra su propia vida en un extenso arco narrativo que cubre desde su infancia, desde cuando tiene consciencia de sí misma, hasta su alta madurez. Las acciones de la novela se suceden, sin embargo, en Dominica, otra antigua colonia británica de las Indias Occidentales. La historia es narrada desde que la bebé fue dejada por su padre en manos de la mujer que le lavaba la ropa, junto con el fardo de ropa sucia de la semana, hasta tiempo después de que enterró al hombre blanco europeo con el que se casó cuando ya cuando era una mujer relativamente madura. Es necesario precisar que el argumento se hace más detallado en los primeros años de la narradora, en lo que va de su temprana infancia hasta que se hace una adulta joven. Luego los últimos años se mueven mediante elipsis extensas.


A veces, muchas, las ausencias son más determinantes que las presencias. En esta obra se nos cuenta una vida ordinaria en su exterior, se podría pensar que no le cabe ningún interés. Sin embargo, es en el adentro, en el viaje emocional con el que esa voz pragmática, dolida por la sombra densa de la carencia de una madre de la que ni siquiera pudo conocer una fotografía, es allí en donde acontecen las pérdidas, las tragedias, los dramas y los odios; el erotismo y la frialdad; el amor y la orfandad; la consciencia de clase e incluso la postura de su ser político — entendiendo la política en el sentido más puro y, si se quiere, aristotélico del término—.


Narra ella la relación con Alfred, su padre mestizo, con Ma Eunice, lavandera y cuidadora de sus primeros años. Con Roland el estibador casado con el que tiene una relación intensa y erótica. Con Philip Bailey, el inglés de quien se convierte en amante primero y con el que luego se casaría. También con la segunda esposa de su padre y sus hijos, es decir, sus hermanos medios. Pero sobre todo lo que narra de manera explícita e implícita a lo largo de su historia, es la relación con su madre —de la que en la novela no conocemos su patronímico—. Su presencia es determinante, tanto más decisiva por el vacío que dejó en su existencia.



¿Cómo está escrita?


La primera persona fue la voz elegida por Jamaica Kincaid para desarrollar la historia tal y como se mencionó antes. Debo reconocer que debí hacer el pacto de verosimilitud con las maneras y la expresividad de esta voz, porque se hace evidente que la forma en cómo elabora su discurso obedece más a una voz literaria depurada, que a la de una mujer antillana que se educó y creció con algunas carencias. Luego de ese pacto, de esa aceptación por parte mía, no me quedó más, si no admirar la escritura, su fuerza poética y sombría; su belleza cruda y, por largos trechos, pesimista, así como su desbordante feminidad y dureza.


Esta no es una novela para leer pensando en seguir una línea de trama en donde se oculta alguna trampa o algún punto de quiebre. Quizá ni siquiera obedece al canon inicio-nudo-desenlace en el que esperamos el episodio de inflexión o el cráter que determine alguna sorpresa. Porque precisamente el cráter y su respectiva erupción se presenta desde el inicio, como lo marca el fragmento citado al comienzo de este escrito —Mi madre murió...—, pues desde allí la autora hace su declaración de intenciones, no hay nada escondido. Precisamente en esto radica su maestría, en ofrecer la intensidad de drama suficiente para querer continuar leyendo sin esperar algún desastre adicional al que puede tener una vida ordinaria; la cual incluye muertes, duelos, amor, desencanto, tensiones familiares, rabia, tristeza y cualquier emoción que se quiera agregar con solo mirarnos y pensarnos a nosotros mismos.


Pero no nos engañemos creyendo que por ese aparente discurrir rutinario en la vida de Xuela, hace que la forma y el fondo sean de igual catadura. La narradora, su visión del mundo es lo que la hace singular.


Mi mundo entonces —silencioso, suave, tan vulnerable que parecía vegetal,...


Colonización y descolonización


Autobiografía de mi madre, esta obra de la literatura caribeña contemporánea, se mueve, eso es claro, sobre la espina dorsal de las relaciones familiares, si de relaciones podemos hablar cuando la madre ha muerto y el padre es una presencia de frialdad periódica. O cuando en su primera infancia es dejada en manos de la lavandera que ya tiene sus propias responsabilidades maternas o cuando ya entrando en la adolescencia es derivada hacia una madrastra que la ve como competencia para sus hijos. Más allá de este tópico típico de la literatura que son las disfuncionalidades familiares—me excuso por este barbarismo, por herir sensibilidades semánticas o gramaticales—, hay una sombra transversal que cruza la novela y es la colonización.


Ya se mencionó al principio de este escrito, Antigua y Barbuda se liberó del «yugo» neocolonial británico relativamente hace poco (1981). Por ende, la autora vivió su infancia y juventud en un territorio que hizo parte de la Federación de las Indias Occidentales. La educación que recibían era la pertinente a la de un territorio británico. No solo había colonización política, sino también cultural, por más de que cada territorio tiene, según su individualidad, sus propias expresiones de la cultura. Es así como hallamos las tensiones coloniales a lo largo de la novela. Un personaje, el de Xuela, que podía expresarse con el inglés británico y también el criollo de Dominica, lengua que usaba asiduamente para comunicarse con su marido «británico» de la madurez, más allá de que él poco pudiera comprender, eso puede concebirse perfectamente como una forma de resistencia cultural. La mujer, además, fue hija de un hombre mestizo entre isleño y escocés y su madre muerta era originaria del pueblo caribe denominado kalinago. Esto, pero sobre todo la muerte de su madre y la manera en cómo su padre la marginó, la condujo al desarraigo.



Lo dije en inglés —no en criollo francés ni en criollo inglés, sino en inglés puro y llano—, y eso hubiera debido ser lo sorprendente: no el hecho de que hablara, sino de que lo hiciera en inglés, una lengua en la que nunca había oído hablar a nadie. Ma Eunice y sus hijos hablaban en la lengua de Dominica, el criollo francés, y en cuanto a mi padre, cuando hablaba conmigo, también se dirigía a mí en esa lengua, no por ofenderme, sino porque creía que era lo único que yo entendía. Pero nadie se dio cuenta; todos se limitaron a maravillarse de que por fin hubiera hablado y hubiera preguntado por la ausencia de mi padre. El hecho de que las primeras palabras que articulé en mi vida fueran dichas en la lengua de un pueblo que nunca me gustaría y al que jamás apreciaría ya no constituye ahora ningún misterio para mí; todo en mi vida, bueno o malo, todo aquello a lo que estoy inextricablemente atada, es fuente de dolor.

El anterior fragmento citado surge cuando en su infancia solitaria, Xuela, pronunció sus primeras palabras, que fue el día en que por primera vez su padre no la visitó cuando vivía con Ma Eunice. En el trasfondo de este extracto de la novela emerge la maldición del colonizador, el verse forzada a hablar la lengua del vencedor, tener los apellidos del que esclavizó. Los asuntos administrativos oficiales y formales se resolvían en la lengua del otro, del que no me gusta, con las reglas aprendidas en la escuela. De allí que el personaje sienta que todo eso de que las primeras palabras pronunciadas fuesen en inglés británico estaba unido a ese dolor y, agregaría yo también, al extrañamiento, a eso del no pertenecer.

Mujer con vestido de cuadros se sienta junto a una mesa con un vestido a cuadros, sosteniendo una bebida roja. Libro abierto y cesta cerca. Plantas verdes en el fondo.
La autora en su vivienda. Fotografía tomada de The New York Times. Thank you New York Times.


En plena adolescencia, la autora de la novela fue enviada a los Estados Unidos por sus padres, con el fin de que aportase a la economía familiar trabajando como au pair, algo así como una niñera, sirvienta, como dijo ella en alguna entrevista. La separación de su familia no fue en buenos términos, tanto que no tuvo contacto con ellos por cerca de treinta años ni jamás les envió dinero. Cuando se decidió por la escritura, usó el nombre de Jamaica Kincaid para escribir con tranquilidad sobre todos esos asuntos sin resolver tanto con su país de origen como con su familia. No es costumbre mía hablar de temas personales de las autoras, pero en este caso es importante, porque la novela que estamos comentando, y por lo que he leído también la generalidad de la obra de Kincaid, está acentuada por esta experiencia vital de su adolescencia y juventud.


Es evidente que todo lo que pudo sentir una adolescente apartada de su familia, enviada a un país ajeno, viviendo la vida de la migrante, lejos de su cultura, seres queridos y hábitat geográfico. Ello está manifiesto en esta novela: el sentimiento de abandono familiar, de ausencia materna, la imposición de una cultura ajena como expresión de la colonización, un padre que es y no es parte de la vida isleña, una ambigüedad palpable en la novela para el personaje de Xuela.


Quizás escribir sea una manera de descolonizar, quizás en parte a eso se deba el auge de la autoficción, no sé si leer también lo sea, tal vez. Pero seguro para Jamaica Kincaid crear lo fue y lo es. Cuántas obsesiones personales, cuánto dolor para tramitar en nuestras vidas, por eso no es extraño que escribir sea una forma de terapia. Pero aquí no estamos hablando de psicoterapia y sí de literatura. Por ende, ese descolonizar es lo que llamamos en música el bonus track, lo que llega como adición, como ñapa, tal y como se expresa en jerga colombiana. Quien escriba lo sabe, aunque no se remita a la corriente de la autofricción. Y tan estamos hablando de escritura literaria, que a la escritura terapéutica no podríamos considerarla arte. Autobiografía de mi madre lo es: arte de vuelo alto, lo terapéutico queda en un tercer plano.


Sé que para Jamaica Kincaid la literatura se convirtió en un salvavidas, y no tengo ninguna duda. Pero a su vez ese tránsito de lo terapéutico a lo excelso pudo lograrlo de manera exitosa. ¿Acaso hay vida sin pesar? En nuestra existencia, bien gestionada literariamente, podemos hallar los brillos de zafiro que tiene el dolor. Porque lo bello también duele.



(2026)


Libro abierto rodeado de hojas de otoño en una superficie de tonos cálidos. Las hojas en naranja, amarillo y marrón crean un ambiente acogedor y estacional.

Bibliografía complementaria:



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