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La niebla del olvido, sobre la novela "El delirio de la salamandra", de G. Leonardo Gómez Marín. Literatura colombiana contemporánea.

Updated: 2 days ago

Libro abierto cubierto parcialmente de hojas de otoño secas.


La memoria es tan desdeñosa como la verdad. Se mueve por callejones oscuros o ciegos, estrechos y luminosos; amplios o mugrientos y preclaros o torpes. ¿Quién decide qué quiere desterrar o conservar en su cabeza? Yo guardo una pesadilla de mi infancia, una que por muchos años quise olvidar, pero mientras más lo deseaba con mayor vehemencia retornaba a mis recuerdos. Hasta que aprendí a vivir con ella, nos saludamos ocasionalmente sin miedo ni rencor.


A veces lo que atesoro son emociones, olvido casi en su totalidad el argumento de una novela o un cuento, el nombre de sus personajes, pero jamás lo que me hizo sentir, si era estremecedor o grandioso o rotundamente bello. Esa es la memoria amigas y amigos.


Pero la memoria no es lo que sería sin su contraparte: el olvido. Ambos ejercen una disputa encarnizada con nosotros —víctimas pasivas— de por medio.


Pero antes de extraviarme más en los vericuetos de la memoria, esta pequeña introducción es el camino sinuoso para llegar a la novela El delirio de la Salamandra, Ediciones el Silencio (2023) de G. Leonardo Gómez (1978).


Conozco al autor a y su obra de antes, con Leonardo nos conocemos desde el taller de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Esta es su segunda novela luego de Cuando la travesía era un sueño(2020) y del libro de cuentos Me negarás tres veces y otros cuentos(2015). Confieso que todavía no sé que significa la G. antes del nombre Leonardo, es el secreto mejor guardado después de la fórmula de la Coca Cola.


De qué va la novela


Esta obra tiene la mayor porción de su trama en un municipio llamado San Luis —nombre con el que en el pasado se conocía a Yarumal, es un dato para enterados, un grupo del que yo no hago parte— en el norte del departamento de Antioquia. El autor, el narrador, no hace claridad al respecto de ese cambio histórico de nombre en la novela. Tuve que aclarar este punto directamente con él, pues el único San Luis que conozco es el que está localizado en el lejano oriente antioqueño, en la vía que de Medellín nos lleva a Bogotá.


La historia transcurre en un época que me parece es entre finales de los años ochenta y principios de los noventa. La novela se mueve a lo largo de cuatro líneas argumentales. La primera tiene que ver con las intrigas y negocios turbios cometidos por un grupo de personajes que van desde concejales hasta el alcalde del municipio, pasando por delincuentes oscuros y por el párroco de una de las iglesias del pueblo, en esta línea surge la figura preponderante de Enrique, un concejal con intereses en sus negocios particulares. La segunda se refiere la relación afectiva y amorosa entre Eugenia, una mujer cercana a sus cuarenta, que trabaja como enfermera en el hospital y su vez se desempeña como bombera voluntaria, y Nathalie, joven consentida y caprichosa, quien a su vez es la hija de Enrique el concejal corrupto. A ambas mujeres les gusta pintar y así fue como se conocieron.


Una tercera ruta argumental es la que acompaña a Armando, un abogado con no mucho tiempo de ejercicio, apocado y melancólico, amante de la poesía de Epifanio Mejía, que para quien no lo conozca es el autor de la letra del himno de Antioquia. Armando es sobrino de Enrique y le ayuda con algunos proceso jurídicos a su tío, así que ve este trabajo como una oportunidad para ganar experiencia y darse a conocer.


La última historia tiene que ver con las apariciones esporádicas, pero relevantes, de un catálogo personajes muy variados, pero con un común denominador, son de alguna manera despreciados por el grueso del pueblo, ya sea porque son los «loquitos» o los «bobitos» o por alcohólicos sin remedio, homosexuales vergonzantes o porque viven en las marginalidades de la sociedad pueblerina.


Estas líneas argumentales están cruzadas transversalmente por una sucesión de incendios que acontecen en un lapso de pocos meses y que devoran con sus fogonazos varios inmuebles de interés estratégico para los negocios de los personajes corruptos que se mencionan en la primera línea argumental. El lector tiene claro quién está detrás de la estratagema, también lo intuyen y saben los «loquitos» del pueblo, así como Eugenia la bombera voluntaria, pero las autoridades judiciales ni el alcalde o la policía —finjamos sorpresa— asumen estos incendios como algo provocado sino como un accidente, porque lamentablemente los únicos testigo de la situación son los «bobitos» del pueblo a los que todos menosprecian.


Ese es contexto general de la novela, en la cual también figuran otros personajes como la muy católica doña Inés, esposa de Enrique, los arrendadores de Armando, Marina y Álvaro, dos curas párrocos y así otros tantos.


Portada de un libro en la que aparece la imagen de una mujer de la cabeza a los hombros en un fondo oscuro con dibujos de salamandra sobre ella. El título de la novela en letras blancas.
Portada de la novela


Cómo está escrita


La novela está narrada en su totalidad con una voz en tercera relativamente cercana a los personajes principales, se mueve con ellos aunque no adopta su idiolecto que es como se estila hoy en día. Es decir, su manera de narrar es neutra con respecto al lenguaje de los personajes. La tipología descriptiva es muy notoria en la obra y podría decirse que el autor trata de que la atmósfera que se describe se vincule efectivamente con el ambiente general de la obra. San Luis, o Yarumal como se le conoce ahora, está elevado sobre la cordillera occidental un poco más allá de los 2.200 metros sobre el nivel del mar, por lo tanto su clima es más frío que el de Medellín, pero no tanto como el de Bogotá. Al estar en una montaña no es extraño que la bruma o la neblina—debo confesar que me gusta más más el sustantivo niebla, más corto y sonoro, que el de neblina, que es el que mayormente se usa en el libro— sea una asidua visitante, y el narrador se encarga hacérnoslo saber frecuentemente, tanto que esta niebla deja de ser paisaje para convertirse en un personaje espectral y omnipresente en el pueblo.


También se describen emociones y acciones. Con lo que se incrementa el protagonismo de la voz en tercera. Leonardo Gómez claramente sabe que está escribiendo literatura, parece una tontería esta afirmación, pero no lo es tanto. Porque él se preocupa por escribir con una intención estética que no entorpece el desarrollo de la historia —busca la belleza y en un buen número de ocasiones lo consigue, aunque en otras haya excesos expresivos—. Si en literatura asiduamente buscamos la belleza, al final la encontraremos.


Paralelo a lo anterior, la otra tipología usada es la de los diálogos, correctamente manejada, ayudando al avance del argumento y al conocimiento de los personajes.


La novela está dividida en seis capítulos, los títulos corresponden unos a pinturas de Francisco Antonio Cano; los otros a poemas de Epifanio Mejía —artistas nacidos en el mismo San Luis— referente uno para la historia del arte colombiano de finales del siglo XIX y principios del XX. y el otro, a pesar de su reducida obra, connotado poeta antioqueño. No he logrado dilucidar la intención de incluir a Cano —salvo algún homenaje velado— en la titulación de los capítulos y algunas alusiones a su obra pictórica. La inclusión del «Loco Mejía» es más clara porque él fue remitido al hospital mental desde la temprana edad de cuarenta años.


La novela despliega en el primer capítulo —que inicia con un incendio, como cada uno de los demás capítulos— una colección de historias y personajes diversos en cada una de sus apartes, lo cual hace que en principio el argumento sea difícil de seguir, pero la persistencia en la lectura permitirá conectar luego todos lo que allí sucede y la recompensa será avanzar con mayor seguridad en la cadena de sucesos que componen la novela, esos acontecimientos marcados por el fuego.


Los capítulos están divididos en algo que serían sub-capítulos y que prefiero llamarlos viñetas, solo tres puntos centrados dividen una de otra. Las acciones avanzan a lo largo de estas viñetas en un orden cronológico, con muy pocos o ningún quiebre en el tiempo.



De la corrupción al fuego y la locura



Lo que quiere revelar la obra más allá de la historia, de alguna manera está sugerido desde las líneas argumentales que se presentaron anteriormente.


Uno de sus temas centrales es la corrupción, y como corrupción de estado que merezca ser llamada así, están involucradas la esfera pública y la privada. En donde los intereses particulares pisotean sin ambages el bien público. Lo que sucede en aquel pueblo es el reproducción a escala de lo que puede acontecer en el ámbito nacional, sin importar evidentemente cuál nación. Lo que diferencia a un país de otro, a un municipio de otro, es el nivel de esa corrosión de las instituciones públicas y privadas, de resto lo que se narra es la manera en cómo se articulan como un perfecto engranaje lubricado con dinero. Del asunto de los negocios maliciosos de algunos personajes de la novela se desprende el de la investigación de lo que hay detrás de los incendios, de si son accidentales o provocados. Leí en algún lado que no recuerdo, que cuando se trata de construir historias de cómo resolver un crimen o un misterio en una novela, película o serie de televisión, hay dos estrategias narrativas, una es aquella en la que los espectadores o lectoras, saben cómo y quién cometió el crimen, pero los autoridades o el investigador lo desconoce; la otra es aquella en la tanto investigadora como espectador avanzan juntos descubriendo la verdad. El autor de la novela optó por la primera táctica. No profundizaré mucho más en estos asuntos de la corrosión de las instituciones, pues lamentablemente contamos con suficiente ilustración en este mundo.


La relación afectiva y amorosa que se plantea entre Eugenia y Nathalie básicamente no aporta a las otras tramas, no modifica o transforma ostensiblemente la historia ni de la novela y, no sé si a largo plazo, tampoco a la vida de ellas, salvo el querer mostrar las dificultades que podrían representar para las dos mujeres el tener esta relación en un pueblo tan conservador como aquel y en la época que se presentó. Ambas estaban jugando con fuego, para entrar a las alusiones al fuego que por la naturaleza del argumento de la novela es algo constante. Y era más riesgoso para Eugenia teniendo en cuenta que dudaba del carácter accidental de los incendios, que además estaba relacionada efectivamente con la hija del que ella consideraba que podía tener que ver con el asunto y tampoco era muy bien vista por gran parte la comunidad por su situación de llegar de afuera, de ser la única mujer en un ambiente varonil como el de los bomberos o quizás por prestar más atención de la « necesaria» a los desquiciados del pueblo.


Aunque el general de los personajes con sus matices está bien construido, creo que el de Armando, el abogado, es el que llega a mejores niveles, su historia y desarrollo y, sobre todo, porque al final hay una transformación en él, un rapto de rebeldía en su vida apocada y minúscula.


A pesar de que los caracteres con trastornos mentales están individualizados en la novela: Tavo, Rosa, Maicol, Teresa, funcionan como un coro de marginados, al igual que Arcángel, que si bien no tiene problemas mentales, el gusto por el alcohol ha hecho estragos en su vida y de alguna forma es un arrinconado por cuenta propia. Ellos tienen la respuesta a la causa de los incendios, pero cuando la verdad llega de una fuente así no queda menos que desacreditar su origen: los marginados y «bobitos». Ellos no tendrían porque detentar la verdad o la respuesta a nuestros problemas, no son dignos portadores, por lo tanto la voz y lo que tienen que decir no importan para casi nadie. Sin embargo, son los únicos personajes que conservan de principio a fin la decencia de los que no piensan con malicia, porque no piensan mucho, no elucubran sobre la bondad o la maldad desde la puerilidad de su existencia.


Hay una constante alusión al fuego, como se mencionó antes, desde el mismo título que toma a la Salamandra como símbolo variado y concreto de él. En este texto el fuego es un destructor, una herramienta para alimentar la ambición, un instrumento para borrar los recuerdos. Así funciona en la novela. Reducir a escombros la memoria de los que allí vivieron. No todos tienen la suerte del teatro La Fenice, de Venecia-Italia, de sobrevivir a dos incendios. Sin embargo, la paradoja es que el fuego también marca cuerpos, es decir, del recuerdo abstracto a convertirse en un tatuaje hecho con dolor por medio de las llamas, las candela destruye, pero a su vez fija en la memoria. Si bien el fuego puede devorar el presente, pero no puede hacerlo con el pasado, no los recuerdos.


Podríamos quedarnos estacionados hablando del fuego y su simbolismo para la historia de la humanidad. Sin embargo, comenzando esta reseña hablé de la memoria, del recuerdo y el olvido. Hacía ese lado quiero retornar.



De memoria



San Luis, Yarumal hoy, tiene una de las mayores, sino la mayor población de enfermos de Alzheimer del mundo ( mirar enlace de la fuente de consulta al final de este escrito). Culpa de los españoles que trajeron esa mutación y otras muchísimas barbaries. No es de extrañar que el autor de la novela, quien nació en San Luis, haya tenido un especial interés en tratar este asunto de la demencia, de la enfermedad del olvido.


La memoria sigue los mismos laberintos de la mente humana, tan rotunda y compleja. Los trastornados mentales de la novela no tienen consciencia de su ser, son una presencia molesta y persistente, son la metáfora de los pecados que la sociedad se niega a admitir y quiere olvidar, no porque estos personajes en sí sean el pecado; ellos son la basurita que se quiere ocultar bajo la alfombra de la perfección. Eso que creemos que con solo tapar desaparecerán de la memoria, pero la memoria es persistente y sigue sus propios caminos y ellos existen para recordarlo. Al respecto de esta idea Úrsula K. Le Guin ilustró esta idea con el perturbador y magnífico cuento «Los que se van de Omelas», un portento narrativo que nos va conduciendo con delicadeza por una sociedad bella en la superficie, pero que en su interior oculta sus maldades, sus imperfecciones, sus aberraciones.


Se dice popularmente que nadie ha muerto totalmente mientras haya alguien que le recuerde, en ese sentido me encontré un escena en una serie de ciencia ficción en la que una mujer que hizo parte de la conspiración para derrocar una tiranía fue descubierta y el castigo infringido fue el de asesinar a todas y cada una de las personas que la conocían y la conocieron hasta ese presente, de tal forma que ella pasaría el resto de su vida en prisión en el anonimato absoluto. Y a su vez en estos tiempos de globalidad e indigestión por exceso de información existen otras personas que desean que sus pequeñas felonías de juventud puedan ser retiradas de los resultados obtenidos por los motores de búsqueda, porque ellas ya son otras, ya no son un peligro para la sociedad y merecen su dosis de borrón y cuenta nueva. A eso se le llama popularmente «derecho al olvido». Como lo mencioné al principio de esta reseña, en la disputa entre el recuerdo y el olvido nosotros estamos en la mitad y según las circunstancias con ambas podemos perder.


Tres fotografías monocromáticas de un hombre que tiene en sus manos la novela, un libro con el que en cada una de ellas se cubre el rostro de maneras distintas. La fotografía enfoca de la cabeza a los hombros y en segundo plano aparece una biblioteca.
El autor

En el Delirio de la Salamandra entre el fuego, la corrupción, el amor, la generosidad, se dejan sentir el olvido, los recuerdos y los trastornos mentales, como esa niebla que en momentos diversos ocultaba al pueblo, como si más allá de su blanco pulcro y etéreo se acabara el mundo y luego, caprichosa, se dispersaba para dejar atrás el ocultamiento de las formas que ahora sí aparecían nuevas y nítidas. Esa niebla es la que como sociedad nos cubre, recordando lo que queremos recordar; olvidando lo que queremos olvidar, pero también todo lo contrario: prescindir de lo que no queremos y rememorar lo que no deseamos. Y lo que podría ser peor: trastocar las remembranzas de tal manera que se desnaturalice lo real con lo evocado, así como cuando retornamos a las calles de nuestra infancia y tenemos la sensación de que son más pequeñas de lo que las teníamos en mente.


El pueblo de San Luis tan proclive al olvido, a ese alzheimer colectivo que difuminó el oscuro inicio político de Enrique tal y como en algún lugar en la novela se menciona, es un duplicado a menor escala de la entidad como un todo, nuestra sociedad que incendia su pasado colectivo para olvidarlo o recordarlo a su antojo, ejecuta todo de manera tan sistemática que puede llegar adorar aquello que alguna vez odió o arrinconar aquello que alguna vez fue importante, tal y como sucedió su momento con el pintor Francisco Antonio Cano, de Yarumal, quien la totalidad humana de aquel entonces dejó morir en la pobreza y el olvido, sin importar su relevancia para el devenir de las artes plásticas colombianas de principios del siglo XX.


Los colectivos humanos recuerdan y olvidan con una cierta dosis de languidez e inmoralidad, mientras que los individuos sienten estos cambios de una manera más dramática, estos dos procesos —memoria y amnesia— hieren, y mucho. Aunque puede pasar como en una entrevista que Stephen Colbert le hiciera en The Late Night al humorista y escritor norteamericano, David Sedaris, al referirse a la muerte de su papá, que la demencia en un principio le cayó bien a su padre, pues se le olvidó que era una persona difícil, además de que ya no veía a Fox News para enterarse de las noticias. Es aquí cuando llego al falso dilema del día:


Qué es peor: ¿Ser el mal recuerdo de alguien? O ser olvidado como una tumba sin nombre.


Como sé que la pregunta es intrincada, de momento cierro diciendo que apoyemos el talento local emergente y compremos y leamos El delirio de la salamandra, de G. Leonardo Gómez Marín. Literatura colombiana contemporánea.



Libro abierto cubierto parcialmente de hojas de otoño secas.


(2026)



Para conocer más sobre la relación entre Yarumal y el Alzheimer




¿Dónde adquirir la novela?





Además en;


  • Librerías del Fondo de Cultura Económica

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