El peso de una sombra. Sobre la novela "Cuando ya no importe", de Juan Carlos Onetti. Literatura latinoamericana del siglo XX
- Alex Mauricio C. L.

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Vivir es moverse inevitablemente por tierras firmes y movedizas. La vida, su derrotero, es una excursión por todos los accidentes geográficos y pisos térmicos. Un camino que hacemos mientras crecemos; al final todas escribimos nuestra “Bildungsroman” mientras cargamos con la mochila de la existencia. Bildungsroman, este término literario que proviene del alemán y que conocemos en castellano como “Novela de aprendizaje” o “Novela de formación”, relata el viaje “heroico” del personaje principal, un aventura en la que crece integralmente desde su juventud hasta su madurez.
Dentro de los ejemplos a citar de las novelas de esta índole tenemos a El ángel que nos mira y su complemento, Del tiempo y el río, de Thomas Wolfe. También La mirada inocente, de Georges Simenon o Servidumbre humana, de William Somerset Maugham. Demian, de Herman Hesse o La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. La lista es larga.
Somos héroes de nuestra existencia y si nos ponemos finos con el asunto, también antihéroes o villanos que se sabotean a sí mismos. Al final, la novela de aprendizaje parte de la premisa de cómo crecemos en todas las facetas de nuestra vida, de la fogosidad ingenua de la juventud hasta la mansedumbre de la madurez. No menciono aquí esto de la sabiduría que da la madurez, porque visto lo que me ha tocado ver, no siempre trae erudición. Eso ya depende de cada quien.
No todas las novelas de aprendizaje buscan que los finales sean felices o que tengan concesiones amables con los lectores, porque la vida real no siempre es así. Habitualmente no llegamos enteros a la meta, a veces lo que cruza la línea es muy distinto a lo que pretendía ser. Recordemos, el trayecto de la vida es accidentado y lleno de sorpresas, para las que absolutamente nadie está preparada. No sé si un Un bel morir tutta una vita onora —Una muerte hermosa honra toda una vida—, como lo cantó Petrarca, no he leído a Petrarca, no me ufano de ello, pero la frase no la olvido de un epígrafe de novela de Álvaro Mutis. La idea que un buen morir honre toda una vida es bella en el mundo de la metáfora. No obstante, suena a lavarle la cara a una vida miserable, en caso de que la vida haya sido así, miserable para sí mismo o para los otros. A fin de cuentas, como decía alguna vez una mujer mayor que conocí, el problema no es morirse, el asunto es la «morida», es decir, el dolor o sufrimiento que ese último acto pueda acarrear. Ella, por ejemplo, no sufrió, tuvo una muerte ajena a largas y dolorosas agonías.
A veces el personaje arrastra cargas tan abrumadoras que hasta su propia sombra le pesa. Llega con las expectativas tan bajas que no tiene más que las de una vida movida por la urgencia esencial, es decir, desde una existencia mamífera y biológica, con unas cuantas alegrías dispersas al menudeo.
Cuando ya no importe (Alfaguara Literaturas, 1993) fue la última novela que escribió Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994). Es una novela corta que narra la vida gris de Carr, un hombre que anda dando tumbos vitales y laborales hasta llegar a Monte y luego a Santa María Este. Como si la vida fuera un océano, él se agarra de los restos de la madera que flota sobre el agua en busca de sobrevivir.

¿De qué va la novela?
Narrada a manera de diario, esta novela cuenta sobre un período específico de la vida de Carr, un hombre del que no conocemos su pasado remoto y que al inicio de la historia compartía con su pareja unas condiciones más que precarias, tanto que sobrevivían con las comidas a las que eran invitados por sus amigos y ellos en reciprocidad brindaban todo su encanto intelectual con discusiones literarias, políticas y filosóficas. También aprovechaban para robar panecillos de alguna panadería, que luego usaban para el desayuno del día siguiente. Cada uno de la pareja se consideraba la desgracia y la mala suerte del otro. Así que cuando su mujer, Aura, se fue para Europa Carr no pudo siquiera reprocharle algo. Luego de que el narrador se quedara solo por medio de contactos pudo conseguir un empleo en una bodega de granos supervisando la labor de los cargadores. Eso duró poco, porque lo llamó el profesor Paley a ofrecerle un trabajo de tareas de pretensiones turbias en otro país, en una localidad llamada Santamaría. El profesor le ofreció:
«...Para su ambición le puedo proporcionar este destino: ir a un país desconocido, no hacer nada y cobrar mucho dinero. No hacer nada pero dejar hacer. Y también informar.»
¿Qué más podría responder un hombre sin esperanzas y sin ambición? Así es como se desatan los engranajes de Cuando ya no importe. Si bien la novela está centrada en Carr, luego él tendrá la posibilidad de encontrarse con personajes variopintos y singulares, el profesor Paley, Eufrasia, Elvirita —la niña que cuida Eufrasia—, el médico Diaz Grey —personaje que aparece en otras novelas de Onetti—, Angélica, la excéntrica mujer de Diaz Grey, el turco Abu Hosni, además de otros secundarios, como Trajano, un perro que adopta recién llega.
Luego de ello, lo que se va mostrando a nuestros ojos es un viaje azaroso de un hombre que se ve arrastrado por su presente, un hombre sin futuro, congelado en Santamaría a merced de sus poquedades y sus novelas policiacas. Pero también del paisaje tórrido, cercado por unos personajes lánguidos detenidos en el tiempo de la adultez, salvo Elvirita que es una niña que se avienta al futuro sin protección, crece, se mueve sin miedo, cuya vida son más preguntas que respuestas y que vive con el hambre que da la adolescencia. Salvo también Trajano, su perro, que poco tiene que ver con la vida de la gente que «piensa» y se marchita más allá del instinto animal.
Quizás por esa flacidez en todo lo que se mueve, es que hay esa permanente impresión de estancamiento de inercia física y social. Pareciera que sucede todo, pero a la vez nada pasa en ese pueblo que sobreagua a la sombra del contrabando y la corrupción. En donde existir es aceptar el paso de los días haciendo poco por contener la sensación de nada.
La vida de Carr, esa que sucede más allá del hastío de los días, se hace visible por el cambio de las fechas, por la frescura de la juventud de Elvira, por el vasallaje animal de su perro. Pero también por las cartas que desde cualquier lugar esporádicamente llegan por parte de Aura, su exmujer. Salvo lo anterior, su diario, el que leemos, es la otra vía de escape y supervivencia.
¿Cómo está escrita?
Como se mencionó antes, Onetti hace uso del recurso del diario para desarrollar la narración en primera persona, con una esporádica voz en segunda que acontece cuando Carr transcribe para su diario las cartas que algunos personajes le escriben.
Es difícil determinar con precisión cuántos meses, y sobre todo años, abarca el libro. Es cierto que al principio las fechas se aprietan más. Luego, hacia el final del mismo se distienden, tanto que podríamos decir que llegando a las últimas páginas se han acumulado varios años, por las últimas notas de diario y una carta que Elvira, ya joven más allá de la adolescencia ingenua, si es que alguna vez lo fue, le escribió a Carr desde un destino indeterminado o ambiguo, como es el tono, el trasegar y la vida del narrador.
Onetti enseña aquí una prosa de pinceladas y brochazos precisos, capaz de honduras expresivas, aunque lejos de pretensiones poéticas insulsas.
La primavera se insinuaba, para retroceder con vergüenza luego de dos o tres noches sin estrellas y abundantes truenos que buscaban ser temibles antes de su previsible renuncia. El débil sol del invierno se mantenía entibiando, soportable. El río, siempre manso, continuaba atesorando temblores y brisas.
A través de la escritura, sin mencionarse en ningún momento, porque poco se conoce de la vida gris del narrador, se intuye un hombre con una muy buena formación cultural, intelectual, dicen los resúmenes argumentales, caído y pisoteado por la desgracia. Decidido, de manera consciente o no, en dejarse arrastrar por los acontecimientos. En algún lugar tengo un ensayo dedicado a los perdedores literarios, sin duda Carr haría parte de esta colección, aunque por ser el ensayo anterior a esta lectura, no fue mencionado. ¿Qué sería de la literatura sin los perdedores?
Hasta su propia sombra le pesa
Al comenzar esta reseña no pude más que pensar en que fue una novela testamentaria, podría decirse, pues Onetti murió un año después de su publicación. De él he leído un puñado de cuentos, también hace tantísimos años El astillero, otra de sus novelas reconocidas y de la cual no guardo algún recuerdo, quizás no era ese el momento para leerla. No soy experto en su obra y no sabría en cuál posición ubicar esta con respecto a las otras. Debo leer más, tengo dos novelas más esperando en mi biblioteca: La vida breve y Los adioses. Sin embargo, considero que esta novela corta tiene el mérito de sumergirnos en la existencia y conflicto de Carr, de conectarnos con su particular visión del mundo, incluso sin estar de acuerdo con sus posturas frente a la vida en el sentido más de fondo que abarca el sustantivo. Y si vamos a la escritura, en ella se siente y se respira un estilo de escritura estimulante, apartada de retóricas literarias sin fondo, pero también del descampado estético de otros estilos que hacen que se pierda el sentido de la belleza literaria.
Al principio aludimos a la novela de formación o aprendizaje y se nombraron algunos ejemplos de ella. Cuando ya no importe, esta representante de la literatura latinoamericana del siglo XX, no es precisamente una novela de aprendizaje, no tiene las características para serlo. Esta obra que se reseña es el punto de llegada narrativo de Onetti.
Somos nuestra propia novela de aprendizaje, ergo, Onetti tuvo su propia vida de novela y su corpus narrativo se cerró con esta que aquí se reseña, tuvo la lucidez necesaria para escribirla ya pasados sus ochenta años. Cuando estuve escarbando material para abordar la escritura de esta reseña, pude hallar que dos asuntos de los que Onetti imprimió para su personajes Carr fueron retazos de su propia vida, pues hubo un momento en que era tanta su pobreza material que con su pareja que gorreaban cenas y almuerzos con sus amigos y robaban panecillos para el desayuno, tal y como lo hicieron Aura y Carr. Otro rasgo compartido con el personaje narrador fue el amor por las novelas policiacas, es sabido el gusto que tenía el escritor por el género, en los últimos años de vida se las pasaba en la cama leyendo esta clase de libros. Carr en sus diario hacia el final escribe «…no pude disfrutar mucho de aquella pereza del alma». Sabrá el narrador qué eso de «pereza del alma», pero Onetti se catalogaba así mismo como un perezoso de consuetudinario.

Es evidente que Carr y Onetti no son el mismo personaje, como análisis expresarlo sería demasiado simplista. También es cierto que el escritor debe ser, así sea por el período en que escribe su obra, ese personaje. Dotarlo de verosimilitud significa vestirse con sus ropas emocionales, principalmente.
Onetti supo morir dejando una estela literaria que merece ser leída en estos tiempos de inteligencia artificial y estupidez de fábrica. Se hace necesario ahora más que nunca buscar la originalidad y la belleza sin atenuantes. Aquí la hay.
Por otro lado, no sabemos cuál fue el destino de Carr, su diario dejó trunco el resto de su vida, pero podríamos comenzar por preguntarnos ¿Hacia dónde puede dirigirse un hombre al que su propia sombra le pesa?
(2026)





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