Esa suciedad repulsiva y fascinante. Sobre "Agosto", Rubem Fonseca. Literatura brasileña contemporánea.
- Alex Mauricio C. L.

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Updated: 5 hours ago

Es una fantasía pensar que es posible comprender el mundo. La literatura no vale ni medio céntimo de ninguna moneda como método científico válido para ello. Pero también es cierto que no existe ningún método que lo haya podido lograr. Estamos llenos de visiones parciales, aproximaciones, y quizás sea necesario conformarse con esto, aceptando el tamaño cósmico de nuestras limitaciones.
Esa comprensión incompleta de todo lo que nos rodea se arma de fragmentos de todos lados: psicológicos, antropológicos, religiosos, filosóficos, musicales, literarios, matemáticos, artísticos, económicos y tantos varios más. Muchos no dejan de ser especulaciones, y aun así, continúan siendo acercamientos.
La escritura, tanto si es ficción o no, está en línea valiosa de esas aspiraciones a un acercamiento a lo que nos rodea, leer—ver, escuchar— es una acto de comprensión, estrecha pero comprensión al fin y al cabo. Cada geografía, cultura e idioma crea y dialoga con la realidad a partir de contarse historias o destorcer el entendimiento del mundo a través de un poema, la narración oral o el teatro o la prosa.
Es en ese sentido como entiendo la obra de Rubem Fonseca (1925, Minas Gerais- 2020, Rio de Janeiro). Sobre todo él, que nos conduce hacia las marginalidades culturales y sociales. Que nos cuenta desde adentro eso que solo vemos de lejos en los titulares de las noticias. Nos agarra de la solapa para que podamos observar esa suciedad repulsiva y a la vez fascinante.
Y esto, precisamente, es lo que encontramos en Agosto (1990). Editorial Norma 2004.

De qué va esta novela
La historia comienza con el crimen de un importante empresario Claudio Aguiar (personaje de ficción), en Río de Janeiro, que por esa época (1954) era la capital del país. La escena del crimen, escatológica, muy al estilo del autor, con semen, orina y mierda por todas partes. Corre el mes de agosto de ese año, un año y un mes convulsos para el mundo político brasileño y que culmina con el suicidio, mediante un disparo, del presidente de la república, Getulio Vargas.
Ese es el contexto general en el se desarrolla el argumento de la novela, tejido como filigrana de plata por parte de Rubem Fonseca. Luego la obra se mueve en varios niveles, una macro, que tiene que ver con las intrigas y componendas del hecho histórico que condujo la muerte de Vargas: masas inconformes del pueblo agitadas en contra del gobierno, oportunistas de todos lados pescando réditos, fuerzas armadas insatisfechas, políticos en busca de conseguir el poder. Ello conducido, evidentemente, por personajes que hicieron parte de la historia del Brasil. El nivel micro, es el que está desarrollado por los personajes de ficción, que tiene como eje central al comisario de la policía Alberto Mattos, abogado aspirante a juez. Y un nivel intermedio en el que mezclan tanto personajes históricos como de ficción.
Ese nivel macro, hace que esta novela pueda ser considerada como histórica. Se ocupa de la barahúnda que se generó ese mes de agosto de 1954. El autor lo cuenta, se mete en los entresijos de las intrigas que involucraron a toda una serie de personalidades de todo nivel. Es quizás, la parte más difícil de seguir en un comienzo. Cuesta familiarizarse —y seguro es más complejo para un no brasileño como yo— con los protagonistas de la trama y todo lo que se cocinó en ese momento de la historia. Por eso no voy a excavar en este argumento que, perfectamente, con la información de la que ahora disponemos en la Internet se puede ampliar por quien quiera. Allí hubo un suceso de consecuencias nacionales que la sociedad brasileña sabrá leer mejor en sus causas y repercusiones.
El drama que realmente me interesó a mí como lector ajeno al devenir político brasileño, fue el que se dio en el otro lado, más abajo, en las calles, los barrios, las cárceles y la comisarías. En la intimidad de los muros residenciales que con maestría Rubem Fonseca supo contar. La carga del argumento es, como se dijo antes, llevada hasta sus últimas páginas por el personaje del comisario Mattos.
¿Quién es Alberto Mattos? Un comisario idealista con un sentido de la justicia desde lo penal hasta lo social, consciente de que a su alrededor hiede a podredumbre, desde los criminales de más baja categoría hasta los de cuello blanco, pasando por los mismos jueces y policías. Quizás, por ese sentido de justicia quiere, como abogado, presentar sus pruebas para aspirar a ser juez. Amante de la ópera, tiene una úlcera duodenal de la que poco se cuida y que ha dejado avanzar a niveles peligrosos. Se encuentra inmerso entre el amor de dos mujeres provenientes de clases sociales opuestas. Salete, una mulata de los barrios bajos concubina de un hombre adinerado, con insegura baja autoestima de clases, si es que algo así puede existir, y Alice, mujer voluble e inestable, quien fuera pareja de Mattos, pero que luego lo despreció por ser policía, luego ella se caso con un hombre de su nivel social.
El crimen con el que comienza la novela es investigado por el comisario y, fiel a su manera de ser, quiere llevar sus resultados hasta las últimas consecuencias, más allá de que en él están involucrados personajes de la alta sociedad, sensibles a los escándalos y que desean por todos los medios oponerse a la investigación de un homicidio que tiene conexiones con altas esferas políticas. En la novela poblada de maldad en todos los niveles, desde los mafiosos de las loterías ilegales, o bicheiros, hasta sicarios, políticos corruptos y policías de moral dudosa, formando todo esto un torbellino de consecuencias difíciles de cuantificar. Pero la novela también cuenta por gotas la bondad, tan poca como para iluminar una minúscula posibilidad de esperanza en una sociedad mejor, léase bien, minúscula.
El libro no se queda en la investigación del homicidio, también bucea en la ineptitud del sistema judicial, en la corrupción y la vileza, en el racismo y clasismo de la sociedad brasileña y por extensión de gran parte de Latinoamérica.


La novela y toda la vorágine de acontecimientos —que implican tanto a los personajes de ficción como a los históricos— se destensan con el suicidio, en el palacio de Catete en Río de Janeiro, del presidente Getulio Vargas.
Cómo está escrita
Agosto está escrito en una tercera clásica que se mueve con los personajes y acontecimientos, cercana con los personajes de ficción y con una mayor distancia cuando se trata de personajes históricos. A pesar de la voz omnisciente, o precisamente por ello, coquetea con el indirecto libre para adentrarse en el pensamiento de los personajes usando su idiolecto.
Las descripciones de espacios, lugares y personajes las hay, pero son precisas y funcionales. Su estilo de escritura es directo, dirigido a la acción y sin pretensiones de retorica literaria que ralenticen la narración. Es por esto que la novela se lee como se podría leer cualquier policiaco, como leí su segunda novela, mi primer acercamiento al autor, cuyo título es El gran arte (1983), en la que conocí a su personaje más famoso, el abogado criminalista Mandrake. de manera que esta novela es un compendio técnico de como abordar la complejidad de una trama con la agilidad de una novela policíaca sin perder su profundidad en el trato de los temas.

La trama se mueve rigurosamente en un tiempo lineal a lo largo del mes de agosto de 1954. Su latido es el presente que eclosiona y a veces explota ante nuestros ojos a un ritmo endemoniado que solo es ralentizado quizá por los momentos en los que el narrador se adentra en la trama política de los personajes históricos.
El tratamiento de los personajes conserva la distancia necesaria para que atraigan o generen repulsión, sin pretender que en ese trato haya una fábrica de afectos; tampoco una taller de desprecios. No hay pasión en la manera en la que son tratados, con lo cual somos libres, como lectores, de sentir lo que pensamos de ellos: las contradicciones, la moral borrosa, la directa inmoralidad, su honradez, el candor o ingenuidad o la maldad sin atenuantes. El comisario es un personaje bien armado, pero también lo son Alice, Salete —Un personaje particularmente hermoso, que representa para mí a la masa del pueblo—, el sicario Chicão, la maldad amoral, Padua, uno de los policías corruptos. Sin embargo, ninguno de ellos es plano, tienen su dosis de profundidad para hacerlo creíbles.
Los diálogos ágiles, hacen avanzar la historia, y sobre todo, permiten conocer el carácter de los personajes. Las conversaciones también son verosímiles, como solo pueden serlo cuando quien los escribió se movió, conoció y vivió ese mundo que narra en la novela.
Al igual que Madrake, Mattos es un personaje atractivo, ese sentido del deber —que incomoda incluso a sus colegas de labor—, su heroísmo ciego, pero no aquel de las historias de superhéroes o de aquellos que rescatan al perro que se está ahogando en el río. No, este es un personaje lleno de contradicciones, que odia el sistema y que con una determinación terca trata de hacer valer su noción de justicia, que a la vez está llena de odios dirigidos, pero también resoluciones impulsivas que incluso contradicen a la ley, una ley diseñada para castigar a TODOS los que cometan un delito, pero que en la vida real solo se ensaña con los que menos tienen, no por la ley misma, sino por aquellos que está encargados de hacerla cumplir.
Más dudas que certezas
Agosto, esta representante de la literatura brasileña contemporánea, puede ser leída como una novela histórica, pero también como una policiaca que coquetea con la historia. Agosto es el catálogo de una decadencia moral que se mueve vertical y transversalmente por todas la capas de la sociedad. Es una radiografía del Brasil de hace setenta años, pero también de hoy. Solo baste recordar que el miércoles 25 de febrero de 2026, fueron condenados los autores intelectuales del asesinato, en 2018, de la concejala Marielle Franco, activista de derechos humanos de Río de Janeiro, los perpetradores hacían parte del mundo político del estado de Río y de las fuerzas policiales y militares.
Agosto es un retrato de la sociedad brasileña, pero con facilidad puede extrapolarse hacia el resto de Latinoamérica.
El capítulo final de la novela es antológico, porque retrata un día cualquiera luego del agosto aciago para los personajes históricos y también para los de ficción. Río de Janeiro siguió su ritmo de ciudad turística y comercial, la vida cotidiana continuó caminando en donde antes estaba la tragedia. Como si nada, como si nunca. Reconstituyéndose sorda y ciega desde su desmemoria para bien y para mal.
La literatura, esta novela, entonces ayuda a leer la realidad, a comprenderla desde diversos niveles y puntos de vista. Hace que la verdad histórica pueda ser entendida desde la existencia individual de sus personajes de ficción. En ese sentido me conecta con Salambó, de Gustave Flaubert o Sinué, el egipcio, de Mika Waltari o Napoleón en Egipto, de Ruth McKenney, títulos que ahora se me vienen a la memoria.
El asunto es que no siempre el comprender nos lleva a encontrar soluciones, porque también a veces, casi siempre, comprender nos lleva tener más preguntas que respuestas. ¿No les parece?
Fuentes:
Sobre el crimen de Marielle Franco:

(2026)


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