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Perder y no morir en el intento, sobre "Pastoralia", de George Saunders. Literatura norteamericana contemporánea

Un libro de poesía abierto está rodeado de hojas de otoño vibrantes, creando un ambiente de lectura acogedor y reflexivo.


A nadie le gusta perder, o eso quiero creer. Cargar reiteradamente el morral de la derrota produce cansancio y no permite avanzar, o sí, eso depende de cómo se mire. Porque de las derrotas se puede aprender, es la más pedagógica de las experiencias y también traumática al mismo tiempo. Sigo pensando que se puede aprender de los errores ajenos, aunque hay otras gentes que dicen lo contrario. No entraré en ese debate.


En la vida se acumulan gracias y desgracias que se ciernen impasibles tanto en la esfera pública como en la privada. ¿Se puede aprender a convivir con la derrota sin morir en el intento? ¿Acaso nuestra vida puede estar bordeando el fracaso y no darnos cuenta de ello, viviendo así en un aparente éxito que no es tal si nos miramos con calma?


Quizás la respuesta, o por lo menos el principio de ella la encontraremos en un libro de cuentos singular, el autor es George Saunders, —ensayista, cuentista, novelista, autor de libros infantiles— nacido en Amarillo, Texas, en 1958. No confundir su nombre con el del jugador inglés nacionalizado colombiano y que militase en el Envigado Fútbol Club por siete años. Aunque, a quién quiero engañar, no muchas personas recordaran al equipo y muchas otras menos a este futbolista.


De qué va el libro


Pastoralia (2014, Alfabia) es una colección de seis cuentos cortos para el entendido norteamericano, que son bastante generosos con el adjetivo “cortos”.


Portada de libro de Pastoralia de George Saunders, con dos personas en una mesa en un paisaje pintado; título y logotipo de Antígona.
Portada de "Pastoralia" en una de sus tantas ediciones

El libro comienza con el cuento que le regala el título al libro, “Pastoralia”, narra las elucubraciones de un hombre que trabaja en lo que podría decirse es un parque temático que recrea la prehistoria, en la que convive con una mujer, compañera de trabajo llamada Janet, que vive harta —como todos los que habitan las cavernas de utilería— de representar la escala menos evolucionada de la prehistoria de especie humana. Un dúo de clase media baja con sus propias tragedias familiares, la historia se cuenta desde el punto de vista del hombre, que se sumerge en sus dilemas morales bajo la perspectiva de ser tolerante con una compañera díscola o ser leal con la empresa que le paga.


Así de a poco en cada historia se van desgranando una serie personajes singulares que viven una vida miserable y lo peor de todo es que la mayoría es consciente de ello. Algunos adoban la verdad con una pizca de mentiras, que vaya uno a saber si se la creen o no, pero tratan. A veces vivir en la mentira defiende la cordura. Como esa falacia de que cada cuatro años vamos a tener un presidente que nos va a salvar del abismo y nunca hemos dejado de habitar el filo del acantilado, aunque haya algunos suertudos que cuando caen lo hacen hacia arriba, pero nuestros personajes no. Los personajes de Pastoralia configuran a una clase trabajadora que vive a tientas, porque eso hay que hacer con la vida, vivirla aunque sea a tientas.


En “Winky”, un hombre se llena de valor en una conferencia de coaching para decirle a su hermana que se vaya de la casa que no la soporta. En “Robles del Mar”, por una suerte de inversiones de roles, en una extraña distopía social, un hombre que, viviendo con sus hermanas en la casa de una tía que lo único que hizo fue trabajar toda la vida, sustenta a toda la familia siendo juguete sexual de mujeres.


“El final de Firpo en el mundo”, es el único cuento que se narra desde la perspectiva de un niño que recorre las calles del barrio en su bicicleta, mientras imagina venganzas y artilugios fantásticos que pueda usar en contra todos aquellos vecinos que se han burlado de él o lo han hecho sentir menos.


Un peluquero que tiene una alta estima en sí mismo, aunque la realidad sea otra, está buscando a la mujer de su vida, que debe tener la tácita aprobación de su madre con la que todavía vive, este cuento se titula “La infelicidad del peluquero”.


En “La cascada”, el último cuento del libro, nos introducimos en los pensamientos de Morse, un hombre apocado que vive su vida en la mitad de algo difuso en lo que no se haga daño así mismo, pero a la vez no le haga daño a otros si bien no está seguro ni de lo uno ni de lo otro. Al contrario del peluquero, este se autopercibe como un apocado miserable, bueno para nada y sin valentía, más allá de que no sea absolutamente cierto.


“Morse era tan alto, delgado y sepulcral como una iglesia a punto de ser declarada en ruinas.”


Morse, el antihéroe de la miseria, al final del cuento tiene la posibilidad de ser un héroe de verdad, un cobarde ante la oportunidad de su vida ¿lo logrará?


¿Cómo está escrito?


Pastoralia, esta obra de la literatura norteamericana contemporánea, no es precisamente una oda a la finura literaria. George Saunders no despliega artilugios estéticos Faulknerianos en este libro, pero sí se preocupa por darle un lugar físico a sus personajes con las descripciones justas y apropiadas a los espacios y los personajes que aparecen en los cuentos.

Hombre de mediana edad con gafas y barba se sienta al aire libre con los brazos cruzados sobre una rodilla, con una camisa oscura, con aspecto reflexivo.
El autor, George Saunders

Todos los relatos están escritos desde un narrador omnisciente que persigue a sus personajes principales, nos deja entrar en la complejidad de sus pensamientos y adopta el idiolecto barriobajero, vulgar y popular de los caracteres que habitan las historias que, como se mencionó antes, hacen parte de la clase media baja y, para ser sincero, más baja que media.


Como pudo notarse en las sinopsis de las historias, los personajes tienen un punto de vista masculino, las mujeres están y son relevantes, pero los acontecimientos no se explayan desde su perspectiva. Así que lo que leemos allí es la poquedad masculina, confrontada con una omnipresencia femenina relevante y no solo de pivote, salvo excepciones como puede ser en “El final de Firpo en el mundo” y en menor medida en la historia del peluquero.


Yo creo que lo más importante de este libro y este autor es la fuerza de la sintaxis en la escritura, la manera en como la dialéctica impregna la complejidad mental de los dilemas de los personajes. Todos ellos son complicados, siendo pobres diablos como son, su vida es la extensión de cualquier vida, porque vida humana que se precie de serlo dista de ser vegetal. Quizás el que mejor retrata esas contradicciones es Morse, el personaje de “La cascada”, el perdedor en el que cifro todas mis esperanzas.


No soy de dejar muchas citas en las reseñas, pero la siguiente vale la pena porque expresa el sentido de lo manifestado en el párrafo anterior:


...y caía por la cascada Bryce, kilómetro y medio más abajo, cerca de la pequeña casa alquilada por Morse, su lastimosamente pequeña casa alquilada, a decir verdad, que sin embargo era lo mejor que podía conseguir y por la cual sabía que tenía que estar agradecido, aunque a veces no estaba nada agradecido y se preguntaba qué había fallado, aunque otras veces estaba bastante contento con su pequeña y torcida casucha cubierta de pintura azul a base de plomo que se descascarillaba y sentía mucha lástima por los pobres diablos que alquilaban precarias pocilgas aún más pequeñas que su precaria pocilga, que era como se sentía en ese momento mientras se adentraba en la soleada tarde y continuaba su agradable caminata a lo largo del verde río jalonado de caras mansiones por cuyos propietarios sentía una profunda envidia.



Fracasar y no morir.



Este catálogo de perdedores es otro ejemplo más de esa veta inagotable de la literatura que es la de narrar la esencia del buen perder. El propósito de esta reseña no es entrar en enumeraciones literarias al respecto, sin embargo, en los comentarios de obras anteriores en este su blog de confianza, he hecho notar el asunto. Al final dejaré los enlaces para conectarlos con este libro.


Del perdedor no se espera nada, para ser precisos, es mejor no esperar nada. Varios de los protagonistas de estos cuentos no son conscientes de que lo que pisan está adoquinado de ruinas y quizás sea mejor así, nadar en las aguas sucias y espesas de la mentira para no hundirse con el peso de la verdad.


Perder es vivir un poco —parafraseando una frase que se hizo famosa hace varias décadas en Colombia— eso lo tengo claro. Si hay algo cierto en la vida, es que algún día moriremos y que entre nacer y morir la ruta está señalada por las pérdidas, también por las victorias —que son tantas como las otras— para que no se piense de mí que soy un pesimista irredento.


¿Se puede aprender a convivir con la derrota? ¿Se debe aprender a vivir con la derrota como una amiga traicionera? George Saunders con su Pastoralia nos dice que sí. Pero a la vez, como una bofetada ruidosa que nos saca de la modorra del buen perder, en su último cuento también nos dice que no hay que seguir siempre los consejos de esa amiga de las desgracias que nos abraza con confianza. Es menester actuar como lo hizo Morse, el bello personaje derrotado del último cuento del libro: quitarse los mocasines y lanzarse al río, lamentándose de haberlo hecho, pero seguro de estar actuando de manera irracionalmente correcta.


(2026)


Un libro de poesía abierto está rodeado de hojas de otoño vibrantes, creando un ambiente de lectura acogedor y reflexivo.







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