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La genialidad y las sombras. "Pero hermoso. Un libro de jazz". Literatura británica contemporánea.

Updated: 21 hours ago

Libro abierto con hojas de otoño color naranja cayendo sobre él

Hay una constante tensión subjetiva, creada por nosotros, como todas las tensiones, como esa de los adoradores de las cámaras fotográficas Canon o las Nikon —canonistas y nikonistas—o la de a quién se le debe más en el género musical denominado salsa, si a los cubanos o a los boricuas, o como la que trata de la literatura de autores ya clásicos —algunos de ellos incluso fallecidos en el siglo XXI, pero con su edad dorada en el siglo XX— o la contemporánea, de si es mejor la una o la otra, de si hay una decadencia, que al final también puede ampliarse a aquello de si lo popular o comercial puede a la vez tener calidad literaria —o musical, si vamos a hablar de otro renglón de las artes— o de si lo culto o más «elaborado» es aburrido per se, cuando nos referimos a literatura o incluso a la música.


Una fotografía a blanco y negro que muestra a un hombre de cerca de cincuenta años, sentado, con un traje oscuro posando en una biblioteca o en una librería
Geoff Dyer, el autor de la obra

La anterior reflexión llena de disyuntivas no se resolverá en su totalidad, —o quizá no se resolverá aquí— pero me sirve de punto de partida para hablar de un libro editado en castellano en el año 2014 y que tiene su edición inicial en inglés en 1996. Me refiero al libro, inclasificable en su género, luego explicaré el porqué, titulado Pero hermoso, un libro de jazz, del escritor británico Geoff Dyer (Gloucestershire, 1958) , Literatura Random House (2014).


No recuerdo cómo llegué a este autor y a esta obra, cuando ello sucede, quizás es porque apareció « accidentalmente» —entre comillas porque por asuntos de algoritmo ya no doy con saber si de manera casual o causal— en mi navegador de internet en una de tantas búsquedas que realizo en el día. Me intrigó tanto su contenido que lo encargué en una compra por internet, no se me juzgue por por comprarlo así, pues por aquella época vivía en un lugar en donde no habían muchas librerías, espero que ese asunto haya mejorado, pero así eran las cosas hace dos años. Lo comencé a leer y no me decepcionó ni el autor ni su obra. Pasaré a explicar por qué.


De qué va este libro


Pero hermoso (para abreviar el título), es una obra corta, 216 páginas incluyendo el catálogo de discografía seleccionada.


Portada de un libro con una fotografía a blanco y negro con un fondo oscuro y letras en azul marino. La fotografía representa a un músico afroamericano de jazz de mediana edad vestido de traje tocando un saxofón
Portada de la edición es castellano a cargo de Penguin Random House

El libro comienza con un importante prefacio para determinar la naturaleza ficcional de lo que se va a leer y para engarzar de una vez con la metáfora de que esta obra en particular, se emparenta con la gestación de una pieza musical de jazz. Luego, continúa con una fotografía en blanco y negro de tres músicos de jazz departiendo en actitud casual de espera, fotografía que a su vez fue autoría de otro músico, Milt Hinton. Si hay un género musical que haya sido magistralmente documentado por la fotografía es el jazz, en ocasiones con registros fotográficos que por sí mismo son piezas de arte de gran expresividad, fotografías que suenan, como alude el autor que sucede con la fotografía que se imprime en libro.


En este libro se recrean episodios, ficcionados unos; reales otros, de las vidas de Lester Young, saxofón tenor y clarinete; Bud Powell, piano; Charles Mingus, contrabajo; Chet Baker, voz y trompeta; Thelonius Monk, piano; Ben Webster, saxofón tenor y Art Pepper, saxofón alto y tenor. Todos ellos figuras cimeras de la historia del jazz. A su vez, el autor entrevera entre cada historia, un episodio con continuidad lineal en el que Duke Ellington el gran pianista y director de orquesta y uno de sus músicos, el saxofonista y clarinetista Harry Carney, van conduciendo, por la vastedad norteamericana un automóvil en uno de los tantos recorridos que hacían debido a sus giras artísticas.

fotografía a color de la caratúla de un disco en donde aparece un hombre blanco, con camisa negra, de cerca de cuarenta años tocando la trompeta en un concierto.
El trompetista y cantante Chet Baker

Geoff Dyer tuvo una especial sensibilidad en escoger los episodios relatados para los músicos, logrando en cada relato capturar la esencia de sus vidas. A propósito de selecciones, si hay algún faltante en esta gran obra es el hecho de que el autor sólo hubiese tenido en cuenta instrumentistas y hubiera pasado por alto a una o dos mujeres cantantes de jazz, que también al igual que los hombres tuvieron vidas llenas de drama, sobre todo si de interpretes afroamericanas se trataba, e.g. Billie Holiday o Ella Fitzgerald, por mencionar solo a dos de ellas.


Los fragmentos dedicados a D. Ellington y H. Carney, anteceden los relatos de los demás instrumentistas y están escritos en bastardilla sostenida: son como un cuento segmentado. En él hay tipologías descriptivas y diálogos entre los dos personajes en un tono coloquial, verosímil, muy bien manejado por el autor.


Las demás historias son esenciales, en su cortedad dan cuenta de episodios dispersos que, como fotografías, capturan los claroscuros de las vidas personales y artísticas de ellos. Con poesía tanto en las palabras como en la metáfora, las anécdotas y las ideas.


Carátula de disco en la que aparece una fotografía a blanco y negro de un hombre afroamericano de cerca de cincueta años, vestido con traje sin corbata y sombrero negro tocando el saxofón.
Saxofonista Ben Webster

Aquellos músicos, ya fuera por alborotadores, adictos a las drogas y al alcohol, o simplemente por negros —salvo Chet Baker y Art Pepper— o por todas las anteriores, pasaron por la cárcel, pasaron y siguieron con la vida como excusa para seguir haciendo música. En cada relato hay la dosis justa de drama, tragedia y belleza como para no ser indiferentes a los avatares vividos y padecidos por estos solistas en un momento particular del siglo XX.


Cualquiera podría decir, «pero, a mí no me gusta el jazz, no lo soporto, me parece pretencioso ¿podría disfrutar este libro?» Y yo le contestaría: «si en algún momento pudo gustarle El perseguidor, de Julio Cortazar, creo que sí» e incluso si no leyó a Cortazar también puede disfrutarlo, porque aquí no estamos hablando de jazz solamente, lo estamos de seres humanos que crearon bajo las condiciones más adversas, como es el caso de los músicos afroamericanos en aquella época en Estados Unidos. También estamos leyendo sobre vidas dedicadas a la música, a una música que ha permeado a muchas músicas populares que ahora conocemos.

Carátula discográfica en la que aparece un fotografía a blanco y negro de un músico afroamericano tocando el piano de cola, en un gesto de contorsión con tod el cuerpo. viste chaqueta negra y cisa blanca.
Bud Powell

Hay drama, dolor y belleza, si le gusta esto en una lectura, seguro va a disfrutar de los relatos. Concuerdo eso sí con el autor, cuando en su prólogo comenta que el epílogo del libro, que es realmente un ensayo sobre el género musical, es prescindible para alguien que no esté interesado en penetrar en los entresijos de esta música, por supuesto, ese no es mi caso.


Cómo está escrito


Es un libro que se mueve libremente entre diversos géneros. En ocasiones es como un libro de relatos biográficos de algunos de los músicos más relevantes de una época del jazz en particular; en otras, por su hilo conductor podría vincularse con una novela armada de fragmentos biográficos y con epílogo a manera de ensayo literario reservado para el final. Con lo cual, como lo titula el autor, es mejor nombrarlo como «un libro de jazz».

La historia de Ellington y Carney en la carretera, aquella expresada en bastardillas, funcionan como puente entre cada una de las biografías. Quién más que Ellington que supo mantener su preeminencia orquestal y vigencia musical hasta su muerte en 1974, para ser el hilo conector de las demás historias y quien más que Harry Carney quien lo acompañó musicalmente por cuarenta y siete años.

Foto a blanco ynegro de dos hombres afroamericanos, uno a la izquierda tocando en saxofon barítono;  el otro a su derecha de pie observándolo, Ambos en una presentación musical
Harry Carney en el saxofón y Duke Ellington

Las vidas de los solistas están contadas primordialmente en tercera persona, a excepción del relato del saxofonista Ben Webster que se mueve entre la tercera y un interlocutor abstracto o voz en segunda e incluso en apartes es una voz en primera del plural que acompaña al músico en sus correrías. Y también la del pianista Bud Powell, que es narrada primordialmente en segunda persona.


Como se puede notar, es un libro difícil de catalogar, ¿En cuál sección de la librería debería ser ubicado?: ¿Novela?¿Cuento?¿Biografía?¿Música?¿Ensayo? Por fortuna ese no es mi problema.

Caratula de revista Time de fondo rojo intenso en la que aparece un hombre hombre afroamericano de mediana edad, con sombrero sin ala y chaqueta gris, posando de lado y mirando al frente  con la cabeza en diagonal
Thelonius Monk, pianista. Pintura de Boris Chaliapin

Más allá de los géneros —que son realmente útiles para ubicar los libros en las respectivas estanterías y de pronto para, dentro de unos horizontes estilísticos, enmarcar la obra de un autor—, a fin de cuentas aquí estamos hablando de literatura en cualquiera o en todas sus vertientes. Y es en este punto en donde retomamos el pequeño párrafo introductorio de esta reseña o crítica literaria.



El asunto de la tensión.


Por allá al principio de este texto comencé hablando de aquel asunto de la tensión sin tener muy claro el por qué, quizás respondiéndome a mí mismo una pregunta que nadie me había hecho, porque vaya uno a saber cuántas veces en la vida nos llega primero la respuesta que la pregunta. Pero en honor a la verdad, es una inquietud surgida acerca del valor intrínseco de la literatura contemporánea, que creería no debería discutirse, por eso mismo de que es comparar lo de hoy con su propia medida. El problema surge cuando queremos apreciar lo actual con lo anterior. Porque es entrar al terreno de algo más subjetivo que lo precedente. Nadie me hizo la pregunta de si era mejor la literatura de hoy que la de los siglos pasados, por tal motivo no la voy responder.



Portada de disco de vinilo de un hombre blanco de pelo negro corto sonriente, con camisa negra , que abrazza un saxofon con el brazo derecho.
Saxofononista Art Pepper

Sin embargo, lo que si tengo claro, luego de leer Pero hermoso, es que la belleza estética de la literatura va más allá de esas dos subjetividades mencionadas, muy por encima del género literario y más allá de si es mejor lo de antes que lo de ahora. Cada época trae sus maestrías, seguro, y sus mediocridades también. Leyendo este libro inclasificable pude darme cuenta que la literatura de los tiempos que corren traen las dosis literarias de su propia belleza. Si bien este libro fue publicado en su idioma original ya hace treinta años, para nuestro castellano existió solo hasta 2014. En estricto sentido podríamos ubicarlo más cercano al siglo XXI que al XX, ergo, literatura británica contemporánea.


La maestría del autor deriva en saber capturar la belleza dentro de las tragedias de aquellas vida y a su vez la belleza dentro de esas vidas dedicadas a la música. No se conformó con mencionar fecha de nacimiento y muerte que seguro encontraremos muy fácil en Internet, tampoco en hablar de sus producciones discográficas. De alguna manera lo que hizo Geoff Dyer fue retratos llenos de compasión, de afecto que superaron el tópico del alma atormentada del genio, porque tampoco olvidó sus defectos, sus flaquezas como seres humanos superados por sus propias debilidades y prosaicas vulgaridades.

Carátula de disco en donde aparece la foto en fondo negro de un hombre afroamericano de cerca de cincuenta años tocando el contrabajo
Bajista y director musical Charles Mingus

Todos los relatos conmueven en mayor o menor medida, todos son construidos como metáfora de la existencia, pero a su vez hay excelencia en el manejo del lenguaje literario, expresividad, algo que yo particularmente agradezco, porque no hay exceso de floritura, pero sí la retórica justa para recordarme que estoy leyendo literatura; no la escritura magra de una simple biografía.


El relato que más me conmovió fue, el primero, el de Lester Young «Pres» (apócope de presidente, el presidente del saxofón), porque dibuja a aquel hombre que malvivió en soledad sus últimos días en el hotel Alvin, en Broadway, cerca al famoso club de jazz Birdland, en Nueva York, marchitándose, mutando en un degradé cada vez más conmovedor, hacia la oscuridad de un crepúsculo que solo pudo conducir a su muerte temprana. El autor sabe mostrar ese dolor íntimo a través de la sordina de la melancolía. Porque, aunque suene paradójico, en el dolor también hay belleza, imposible ver la belleza en él cuando se está padeciendo, cuando está en la carne y alma o en el espíritu, porque es el dolor que se siente con todos los sentidos, es imposible encontrala allí a la belleza. Pero luego de ello, le corresponde al arte hacer lo suyo, en este caso a la literatura, hacerlo verbo, palabra, lo que no es lo mismo que vanalizarlo. La escritura le hace justicia al drama, logra que el dolor no sea gratuito, lo sustrae de la tragedia individual para hacerlo colectivo, universal.


Estaba desapareciendo, fundiéndose con la tradición sin ni siquiera haber muerto. Eran tantos los músicos que habían mamado de él que ya no le quedaba nada. Ahora, cuando tocaba, los enterados decían que se arrastraba detrás de sí mismo, que era una triste imitación de otros que tocaban como él. En un bolo donde había tocado mal, un tipo se le acercó y le dijo: «No eres tú, yo soy tú». Adondequiera que fuera escuchaba a gente que sonaba como él. Llamaba a todo el mundo Pres porque se veía en todas partes. Le habían expulsado del conjunto de Fletcher Henderson porque no sonaba como Hawk (Coleman Hawkins, uno de los pioneros del uso de saxo tenor como solista en el jazz, aclaración que hago como autor de esta reseña). Y ahora lo expulsaban de su propia vida porque no sonaba como él mismo.
Fotografía a blanco y negro.  Representa a un músico afroamericano de jazz de mediana edad vestido de traje tocando un saxofón
EL saxofonista Lester Young

Quién si no la literatura, para entregar la versión de unas vidas que no se leen en el pentagrama, o quizás sí, está por verse cuándo de ese dolor y esa locura podía convertirse en música. Qué sino la literatura, para ir más al fondo de lo que puede bucear una biografía de enciclopedia.


Qué sino la escritura, para hacer un retrato humano y justo de la genialidad y las sombras de unos músicos que marcaron una época, pero que fueron devorados por sus propias vidas de leyenda.



(2026)


Libro abierto con hojas del otoño coolo naranja cayendo sobre él.

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